¿Deporte o Juego?

Volvemos a los posteos de #LosEspecialistas y hoy es el turno de uno de la casa. Mario Castro Fino, #ElProfesor, nos habla de deporte, juego y Gestión,


¿Cuál es nuestra disposición a jugar?



Jugar es una forma de perder el tiempo. Punto. O por lo menos, a medida que crecimos, así nos lo hizo creer una sociedad, que, por supuesto, incluye el ámbito laboral y que está marcada por el sofisma de la productividad. O bien, ese planteamiento también pudo ser consecuencia de nuestra propia consciencia racional en la que el juego se opone a lo serio, tal como lo planteó Johan Huizinga en su libro Homo Ludens.


Para este filósofo e historiador neerlandés, el juego es el todo y se constituye en el don que permite a la especie humana dar sentido a su ocupación vital, justamente, a través de la actitud lúdica que nos despierta el juego mismo. Una idea que años más tarde reforzaron Norbert Elias y Eric Dunning al plantear la importancia del deporte y el ocio en el proceso de civilización.


Si lo vemos desde estas perspectivas, no sería difícil darnos cuenta que el juego se podría considerar como una herramienta muy útil para nuestro desarrollo y para el de las organizaciones que conformamos, sin embargo, ¿por qué dejamos de jugar?


Es muy común que ante esta pregunta nos surjan respuestas “lógicas” como: tengo mucho por hacer, no me queda tiempo, qué pensarán los demás si me ven jugando, eso es ridículo… Entre un sinfín de argumentos en los que nos esforzamos por evidenciar que hemos caído en un comportamiento autómata en donde buscamos llegar al resultado sin disfrutar del proceso o, en el peor de los casos, que hemos crecido y ahora somos adultos serios y responsables que no estamos para esas cosas de niños.

Y ¿qué pasa en la industria deportiva…?


Podríamos pensar que en la industria deportiva y en las organizaciones que hacen parte de ella todo es diferente y que por la naturaleza misma de las actividades que involucra, el juego sigue siendo un elemento vívido en el día a día, pero ¿realmente es así? O acaso ¿está el deporte dejando de ser un juego?

Esta pregunta se convierte en una suerte de paradoja. Si lo vemos desde una perspectiva corriente, el deporte debería representar en nuestra cultura el elemento lúdico en su máximo grado. Sin embargo, las actividades deportivas y todo su entorno han sido llevadas a un nivel tan alto de organización técnica, de equipamiento material y de perfeccionamiento científico, que en la práctica amenaza con perder su tono lúdico natural.

¿Cómo enfrentamos entonces este reto?

Lo primero es entender que no se trata de jugar porque si, sino hacerlo desde una orientación y con un objetivo claro de lo que buscamos al momento de realizar estas actividades lúdicas. Pensemos por un instante en la función simbólica del juego y su relación estrecha con el proceso de aprendizaje, lo cual experimentamos en nuestras primeras etapas de vida, y que permite potencializar su capacidad como herramienta para el desarrollo cognitivo y emocional. En este marco, dentro de las organizaciones es posible establecer procesos que motiven el desarrollo de competencias generales, como la creatividad, el trabajo colaborativo, la toma de decisiones, la resolución de conflictos, entre muchas otras que son cada vez más relevantes para nuestro desempeño laboral.


En segundo lugar está la actitud personal, decidirnos nosotros mismos a romper los paradigmas y las barreras que nos impiden ver las situaciones cotidianas desde la óptica del niño interior y, de esta forma, comenzar a apostar por lo lúdico para cambiar las cosas. El juego es un derecho, así lo consigna la ONU, a través de Unicef, en el artículo 31 de su convención sobre los derechos del niño. Rescatemos ese parágrafo y extrapolémoslo para nuestra vida adulta y para las organizaciones.


Y, por último, se deberán facilitar las condiciones necesarias para que el juego haga parte de la dinámica organizacional. En este punto, existen múltiples opciones que se pueden explorar de cara a generar acciones gamificadas que permitan conectar con los diferentes stakeholders de las organizaciones. Esto implicará entender los siguientes elementos del juego para su aplicación en el mundo de la gestión:

  • Cuáles son las metas y objetivos que perseguimos

  • Qué narrativa usaremos para desplegar las acciones

  • Cuáles son las reglas establecidas para las actividades lúdicas

  • De qué manera incentivaremos la cooperación y la competencia

  • Cómo le damos a las personas la posibilidad de elegir

  • Cómo garantizamos a las personas la libertad de equivocarse sin que esto implique castigo

  • Cuáles son los canales y acciones de retroalimentación

  • Qué podrán obtener a cambio. Cuáles serán las recompensas


Así las cosas, el reto, entonces, está en repensar nuestro rol como gestores deportivos, aprovechando las características que el deporte nos ofrece para proponer una nueva mirada que nos invite a todos a jugar.


Mario Castro Fino


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